El convento de las Carboneras del Corpus Christi: La iglesia del carbón dulce​

Interior Convento Carboneras
Convento carboneras
El convento de las Carboneras, ubicado en el corazón del Madrid de los Austrias

Pocos transeúntes que caminan por la plaza Conde de Miranda, a escasísimos metros de mercado de San Miguel, se fijan en un viejo portón de madera que destaca en una de las fachadas. Al fin y al cabo, estamos en el barrio de los Austrias, donde los ecos de los siglos pasados siguen resonando, todavía muy audibles, y coexisten elementos que captan mucho más el ojo curioso.

Sin embargo, dejar escapar ese portón significa dejar escapar uno de los conventos más característicos de Madrid, repleto de historias, anécdotas y tradiciones que no caben en un humilde blog, pero no será por no intentarlo. Cómo dijo Jack el Destripador, vamos por partes. Y es lógico que la primera parte sea el nombre, que no es otro sino Convento de las Carboneras del Corpus Christi, o Convento de las Carboneras, para los amigos.

¿De dónde proviene el nombre de carboneras?

Detrás de un título tan característico está el cuadro de la Virgen de Inmaculada que preside el convento, y que pudo tener un destino muy diferente, dado que fue encontrado por unos niños en una carbonera. Por supuesto, los niños no se dedicaron a juzgar analíticamente el posible valor artístico del lienzo, sino que vieron el objeto como un juguete oportunísimo, hasta que un fraile que paseaba por la zona se percató de la situación y convenció a los críos para que se lo entregaran a cambio de unas monedas. Tras ello, decidió donar el retrato al convento más cercano, y usted, sagaz lector, podrá adivinar cuál fue el afortunado. Una vez reconstruidos los pas

Virgen carboneras
Cuadro de la irreductible Virgen Inmaculada

os que había seguido la obra, parecía una imposibilidad estadística que el cuadro estuviera en perfecto estado (la Virgen estaba inmaculada, nunca mejor dicho) tras pasar por los sucios carbones y por las no más limpias manos de unos rapaces, así que el milagro de la “Virgen de las Carboneras” se extendió velozmente entre los habitantes de la villa, y el sobrenombre del convento quedó fijado. En el campo artístico, cabe destacar que las carboneras albergan otras obras como el retablo mayor de Antón Morales, o la pieza Santa Cena, de Vicente Carducho.

La gran mujer detrás del gran convento

Pero si hablamos de imposibilidades estadísticas, no existe en el convento otra mayor que su propia existencia, dado que su apertura solo se puede explicar a partir de la tesonería y la fortaleza de una mujer de nombre doña Beatriz Ramírez de Mendoza (1554-1626), nada más y nada menos que IV condesa de Castellar.

Santa Cena Convento Carboneras
“Santa Cena”, de Vicente Carducho, expuesto en el templo

Beatriz tuvo una infancia acomodada, aunque no por ello fácil: su niñez quedó marcada por la temprana muerte de su padre y por su fría relación con su madre (Ana de Mendoza) a causa del dolor de la pérdida y del trabajo que requirió cuidar a sus numerosos hermanos. Su vida sufrió un marcado giro cuando la aya del rey Felipe III fallece en 1580 y se requiere a su progenitora para esta función; Ana se mudará a la corte real llevando consigo a dos de sus hijas, entre ellas nuestra protagonista. Es en palacio cuándo se destapan las dos cualidades más características de Beatriz: por un lado, un profundo sentimiento religioso y, por otro, un fuerte carácter que poco se ajustan al modelo de mujer de la época. Beatriz convivió con los secretos y las intrigas palaciegas, lo que cultivó en ella ideas políticas y una visión crítica que le acarrearía profundos problemas. Tras la muerte de su hermano Alonso sin descendencia no puede evitar que se le designe un marido mayor que ella para prolongar su estirpe, don Fernando Arias de Saavedra, IV conde de Castellar, consumándose la unión en 1585. El matrimonio engendró cuatro hijas y se prolongó durante 10 años, hasta la muerte de don Fernando, tras lo cual el mayorazgo Arias Saavedra recae sobre las inexpertas espaldas de la condesa. En este momento Beatriz decide, ya con poder económico, dar rienda suelta a su espiritualidad, retirándose a una vida religiosa e ingresando a sus hijas en distintos conventos.

Beatriz Ramirez de Mendoza, la primera carbonera
Beatriz Ramirez de Mendoza, la primera carbonera

Su figura y riqueza resulta fundamental para hacer realidad diversos conventos, pero también destacará en el campo intelectual: contribuye en determinados idearios religiosos y es una de las voces mas críticas hacia los tejemanejes del valido del rey Felipe III; el duque de Lerma, que hará todo lo que esté en su mano para acallar a la reputada condesa. El duque conseguirá expulsar a Beatriz de conventos y órdenes, obligándola incluso a refugiarse en templos bajo la jurisdicción del cardenal de Toledo, y pondrá trabas a gran parte de sus proyectos, en particular la fundación del futuro Convento de las Carboneras. El número de dificultades de toda índole a las que tuvo que hacer frente Mendoza para la apertura del convento en cuestión fue tan ingente que ha llegado a nuestros días la leyenda de que, una vez muerta, su espíritu sigue vagando por la zona para asegurarse que todo marcha bien, ya que siempre pensó que el día que no estuviera, todo se vendría abajo.

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A la condesa ni la muerte le impide continuar cumpliendo con sus obligaciones delante del Convento de las Carboneras
A la condesa ni la muerte le impide continuar cumpliendo con sus obligaciones delante del Convento de las Carboneras
Las llamativas tradiciones de las carboneras

El fantasma de Beatriz representa a la perfección la plena y particular consciencia que tienen las carboneras de la muerte, hasta llegar al punto de preparar en todas las comidas un plato extra que se coloca en la mesa delante de una calavera, cuya función es recordar a las comensales la permanente presencia latente de la muerte. Lo habitual es que la calavera no tenga especial apetito, por lo que el plato sobrante se entrega a gente necesitada. Pero la guinda del pastel de las carboneras es su método de financiación, que consiste en dulcificar los días de los asistentes más allá del sentido puramente metafórico. Las monjas de clausura se dedican a la elaboración de dulces famosos en Madrid por derecho propio, que venden en una puerta anexa empleando el antiquísimo mecanismo del torno para no romper sus votos.

En definitiva, la próxima vez que pasee por Conde de Miranda, empuje el portón, hágame el favor; admire la inmaculada Virgen y, si la dieta se lo permite, no se limite a colmar su hambre espiritual.

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