Goya y San Antonio de la Florida

Hoy os queremos hablar de esta ermita, que se considera la única superviviente de las tres ermitas dedicadas a san Antonio que hubo a las afueras de Madrid. Junto a lo que hoy son las vías de Príncipe Pío, estaba la ‘cuesta de areneros’, donde hoy en día hay dos iglesias neoclásicas completamente iguales: la ermita dedicada a San Antonio y su gemela. Esto se debe a que en el año 1881 la ermita fue convertida en parroquia, y el culto perjudicó gravemente las pinturas de Goya: el humo de los cirios, el incienso, etc., hacían que los frescos se deterioraran a pasos agigantados. Teniendo en cuenta esto, se decidió dejar esta ermita como museo y construir una nueva, igual a la anterior para poder seguir llevando a cabo misas en ella.

Remontémonos a su origen, cuando la congregación de los Guinderos encarga una en 1720 a José de Churriguera, una iglesia muy pequeña que será años después derribada. Más tarde, el mejor alcalde de Madrid, el rey Carlos III hace un plan de ensanche de las principales salidas de Madrid, afectando esto también a la zona de la ermita y dándose una segunda construcción en los años 60 del siglo XVIII. Pero la definitiva le correspondió a Carlos IV, quien le encarga a Filippo Fontana el diseño de una nueva ermita en los terrenos que acaba de conseguir en la zona de la Florida. Llevaría a cabo una sencilla construcción en planta de cruz griega y levantando una cúpula sobre pechinas, todo en un estilo completamente neoclasicista.

  • 1790: nombramiento de Fontana como arquitecto.
  • 1794: comienzo de la construcción de la ermita.
  • 1798: como pintor de Corte, Goya comienza la decoración de la cúpula.
  • 1799: las pinturas de Goya son completadas.

Para entender lo que entre esas pechinas acontece, tenemos que tener en cuenta que en apenas un año ocurren varios hechos importantes que condicionarán la vida del pintor: por un lado ya sabe que está enfermo, y decide aceptar su sordera y seguir siendo pintor de Corte; y por otro lado, está vigente el Gobierno de los Ilustrados, lo cual le favorece y hace que sea un momento feliz para Goya a pesar de que  abandonará la dirección de la Academia de Bellas Artes que había obtenido en 1795 por su inminente enfermedad.

 

Romería a la ermita de San Antonio, Federico Ruiz y Bernardo Rico.

En esta época es cuando, gracias a Jovellanos, se le encargan los frescos de la Ermita de San Antonio. Es libre para pintarlos a su manera y, por ello, escoge como tema una escena de la vida de San Antonio de Padua donde hay numerosos personajes. Es la primera vez que no tiene que sujetarse a nada impuesto, sigue su propia interpretación. Es por ello que cambio el lugar tradicional de las historias, y la escena del santo la coloca en la cúpula, mientras que en altar mayor dispone una Gloria.

También hay que tener presente que Goya no era un experto fresquista y, aun así, resuelve de manera muy correcta la decoración de la cúpula. Había trabajado en su juventud antes de asentarse en Madrid, en algunos frescos de la Basílica del Pilar de Zaragoza, por lo que no era la primera vez que se enfrentaba a un reto como éste.

El pintor dispone de forma magnífica unos cincuenta personajes alrededor de una barandilla, que será su recurso de apoyo de la media naranja de la cúpula, una barandilla engañosa y realista que acentuará con los niños trepando y jugando con los personajes en posiciones muy diversas. Agrupa a los personajes a base de gestos y posturas compositivas que hacen de la pieza, algo de riqueza incomparable.

¿Y qué es lo que se muestra en esta escena? Es el milagro en el que San Antonio resucita a un hombre asesinado para interrogarle y probar con ello la inocencia de su padre, falsamente acusado. La escena ocupa toda la cúpula, de 6 metros de diámetro. Goya quiere representar la condición humana de san Antonio a través de esta específica escena elegida.

Los personajes se desenvuelven en un lugar que tampoco nos localiza, pero parecen representar al pueblo observando: a Madrid siendo testigo de ese milagro de uno de sus santos favoritos. Damas con velo, chisperos, caballeros, majas, niños…

Pero no todo queda en la cúpula, ya que en un segundo conjunto el zaragozano representa una apoteosis de ángeles que ocupan pechinas, muros de arranque y la media cúpula del altar mayor con el símbolo de la Santísima Trinidad.  Mientras en la cúpula aparece un mundo alucinante y extraño de la condición humana, en bóvedas y paramentos los hombres se han convertido en ángeles, creando otro mundo de belleza y lujo alrededor. Como si de un telón teatral se tratase los ángeles sujetan las cortinas de esa Corte Celestial, vestido todo con ricos telares y colores. Estos querubines son más conocidos como “las ángelas” porque tienen una disposición completamente femenina.

Goya tardará 6 meses en hacer estas pinturas, junto con su ayudando Asensio, y resolverá el conjunto con pinceladas sueltas, enérgicas y muy concretas, hechas a bases de manchas de luz y color. Su contraste y vibración recuerda incluso a lo que después harán los impresionistas en el lienzo. Sin duda, se salta los preceptos de la pintura religiosa y hace una recreación estética de un mundo imaginario, donde la razón siempre supera a la fe.

A los pies del altar también descansan sus restos, traídos desde Burdeos (lugar al que se exiliaría al final de su vida) pero sin lo más valioso del pintor, su mente. Le enterraron junto a su amigo Martín Miguel de Goicoechea, y los restos de ambos están hoy en la ermita dedicada a San Antonio bajo estas brillantes pinturas que marcan un antes y un después para la Historia del Arte.

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